miércoles, 3 de diciembre de 2014

No quiero vivir en un mundo así (primeras páginas del prefacio de mi próxima novela)

No quiero vivir en un mundo así. Ayer me desperté con la noticia de que habían puesto un nuevo radar. No podía creérmelo. Esta vez a tan solo 200 metros de mi casa, en un lugar insólito, una calle que da a un camino forestal. Casualmente el radar esta orientado hacia la ligera bajada que hace la calle con una velocidad máxima permitida en la zona de 30 km / hora. Es muy difícil llevar una velocidad inapropiada en ese lugar. La calle no es muy amplia y se puede aparcar en ella, además, antes de llegar al radar hay unas bandas rugosas. Se puede pasar por esa zona a 40 o 50 km por hora, como máximo pero difícilmente a mayor velocidad. En 20 años que llevo viviendo en el barrio, no ha habido un solo accidente y, desde luego, no lo ha habido jamás en el lugar en el que se ha instalado el radar salvo una vez hace años en que una motocicleta atropelló a un gato.

En cualquier caso, vivimos una evolución imparable. Hace un tiempo, algún probo funcionario, provisto de no se sabe qué informes técnicos, dictaminó que, para mayor seguridad de la ciudadanía, en esa calle debían fijar una velocidad máxima de  30 km / h. Tiempo después y, aprovechando las posibilidades que ofrece la tecnología, algún político municipal, supuestamente investido por la delegación del ciudadano a través del voto, ha decidido que el tráfico en esa zona incorpora tantos riesgos para los vecinos que había que instalar un radar de velocidad. Estamos ante una decisión difícilmente apelable e indirectamente democrática. ¡Cómo vamos a cuestionarla!

O, ¿será el motivo real de la instalación del radar otro muy distinto?

No quiero vivir en un mundo así. Cuando salgo de mi casa para ir al trabajo y me desplazo en coche me domina el stress y el miedo. En dos kilómetros a la redonda de mi domicilio encuentro hasta seis lugares en las que las silenciosas trampas tecnológicas esperan un pequeño despiste, un desliz, o simplemente que la velocidad a la que uno circula, exceda ligeramente aquella que un ejército de cargos públicos han decidido que es la más adecuada para la seguridad del ciudadano o para vaya usted a saber qué. 

Estoy perdiendo facultades, ya no conduzco con la soltura de antes, ni presento los reflejos adecuados porque estoy más ocupado en interpretar lo que me indican la multitud de señales y en estar atento a la ingente presencia de radares, controles y todo tipo de artilugios instalados para velar por nuestra "seguridad", que mi conducción se ha hecho torpe y peligrosa. Por otro lado, como la de la mayoría de conductores con los que me cruzo por las vía públicas, afectados por ese mismo virus del híper control que genera falta de reflejos y estupidez. Por favor, ¡dejen de preocuparse por mi seguridad! 

No quiero vivir en un mundo así. Luego veré en la televisión a algún cargo público que de manera ufana nos hablará del descenso en las muertes provocadas por accidentes de tráfico –hecho del que me congratulo- y utilizará cualquier estadística de manera torticera para justificar más y más controles, más y más miedo, peor conducción. Lo que no sabemos es si esa menor siniestralidad se debe solo a los múltiples controles o a la mejora en la seguridad activa y pasiva de los vehículos y a la mejora de las carreteras y de las infraestructuras viarias. Las estadísticas están siempre al servicio de quienes las interpretan oficialmente. Jamás sabremos la verdad. 

No quiero vivir en un mundo así. Porque si solo fueran los absurdos y sesgados controles de tráfico podría conllevarlo como una pequeña molestia de la sociedad moderna pero, el tema es mucho más serio. ¿Desde cuándo en los países occidentales una de las formas principales en las que se mide la aportación de los parlamentos a la sociedad es la llamada "producción legislativa"? Hay que reconocer que es paradójico que los representantes del pueblo midan su aportación por la cantidad de leyes y reglas que publican y no por la calidad de las mismas o por otros parámetros tales como el incremento de la calidad de vida, la disminución de las desigualdades o el nivel cultural o de felicidad de la población. 

Norma sobre norma, ley sobre ley, reglamento sobre reglamento. Lo del tráfico es un juego de niños comparado con lo difícil que es vivir en nuestra sociedad moderna. Es tal el maremágnum de reglas que se hace complejo cumplir con aquél principio de que "el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento". Eso sirve cuando las reglas son pocas, relevantes y con amplio consenso social pero no es de utilidad cuando la maraña de normas es enorme, indescifrable, poco importante y en muchos casos discutible.

No quiero vivir en un mundo así. Un mundo híper regulado empuja al ciudadano a actuar en función a las reglas dejando en segundo plano la moralidad o el porqué de los comportamientos. En un mundo racionalmente regulado, la moralidad y la responsabilidad del individuo juegan un papel relevante, crítico para la conformación de la vitalidad de la sociedad. En un mundo híper regulado, la moral decae, pierde importancia, porque lo único relevante es el cumplimiento de las normas. Es tal el peso de estas en la sociedad que un buen ciudadano acaba siendo aquél que cumple con las normas sin más, aunque luego sea capaz de cualquier felonía o atropello motivado por conductas reprobables o de dudosa ética mientras no contradigan norma alguna. 

No quiero vivir en un mundo así, en el que, además, la legitimidad de aquellos que dictan las normas está en cuestionamiento constante y que se basa en estructuras administrativas y políticas cuya principal finalidad es la de perpetuarse.  Si por lo menos las reglas fueran iguales para todos y la exigencia de las mismas a todos los ciudadanos y estamentos, fuera similar, una vez más podría estar dispuesto a transigir y lo interpretaría también como el precio de vivir en una sociedad moderna. Pero no es así, mientras que las indefensas clases menos favorecidas y las clases medias viven sojuzgados por ese “gran hermano” que todo lo sabe y todo lo ve y que reclama el derecho a todo saberlo y todo verlo como si por el solo hecho de ser “lo público” tuviera una bondad divina que le diera el don de la infalibilidad, las clases altas y los grandes poderes internacionales siguen encontrando todos los resquicios del mundo para saltarse las reglas cuando les da la gana.

No quiero vivir en un mundo así. No me gusta que sea o pueda ser de dominio público que haya enviado una pequeña transferencia a mi tía de Castellón o que me haya vendido una moto y que una maquinaria impersonal tenga una lupa tecnológica sobre cualquiera de esos hechos para sancionarme si he incumplido alguna de las múltiples normas que no soy capaz de memorizar y mucho menos, de imaginar. Mientras todo eso pasa y las reglas caen sin piedad sobre el desprotegido ciudadano, los grandes poderes internacionales no saben, no quieren o no pueden, imponer las reglas de juego acordadas hace mucho tiempo y que deberían capacitarles para que alguna potencia cuyo nombre no mencionaré dejara de masacrar impunemente a una población indefensa. Eso es lo que pasa cuando nos llenamos la boca con declaraciones, reglas, normas y edictos, que nos olvidamos de lo que es moralmente correcto y del papel supremo del ciudadano por encima del de la maquinaria social.

No quiero vivir en un mundo así. Mientras usted lee estas líneas, algún algoritmo supuestamente “inteligente” estará analizándolas para aportar información a la base de datos de alguna gran corporación global que me tendrá convenientemente fichado por las cosas que yo digo o que los demás dicen de mí, sean ciertas o no, en el ciberespacio. Querrán saber lo que pienso, querrán anticiparse a lo que pueda hacer o, simplemente querrán saber lo que me puede interesar comprar para inducirme a ello con maestría digital y transformar así en dinero el conocimiento que de mi tienen.

Casi es imposible que las fotos de aquél viaje que tanto me gustó, no acaben en una de las sempiternas redes sociales, colgadas por algún miembro de mi familia o por mí mismo en algún momento de sentimentalismo socializante. Casi es imposible que miríadas de conocidos o de desconocidos no visualicen o puedan utilizar esas imágenes para todo, para nada o para no se sabe qué. Casi es imposible que algún otro de los algoritmos inteligentes que pueblan el mundo del ciberespacio no intente deducir de esas fotografías, del tipo de viaje, de los lugares en los que estuve y de los escenarios que aparecen en las imágenes, cuáles pueden ser mis parámetros de conducta o de consumo para poder venderlos al mejor postor, público o privado. No quiero vivir en un mundo así. 

No quiero vivir en un mundo así, atrapado entre la pinza que forman en un lado las grandes corporaciones de muy diversos sectores quienes creen saber todo sobre mí al amparo de la tecnología, que intentan esquilmarme hasta el último céntimo pero que me tratan como basura cuando intento ejercer algún derecho ante su ingente poder cuando considero que ellos sí se han saltado alguna regla que posteriormente su ejército de normas internas, burocracia y leguleyos, se afanan en tapar y justificar, dejándome en la realidad desprotegido porque las normas no son iguales para todos, y en el otro lado de la pinza el “gran hermano público” que al amparo de su supuesta legitimidad democrática y de su papel de protector del ciudadano, se excede en su papel normativo y fiscalizador interfiriendo en la vida del individuo y condenándole al adocenamiento y al borreguismo para poder perpetuar su propia vida como institución. 

No quiero vivir en un mundo así pero no se muy bien qué alternativas tengo. Antaño podría haber emigrado a algún lugar recóndito del planeta pero hoy en día la tecnología es tan poderosa que llega hasta el último de los rincones con su ojo digital que todo lo sabe y todo lo ve. Existe una solución más drástica, la desaparición final, aunque me parece una salida estúpida más propia de un romanticismo trasnochado y muy poco práctica porque, a pesar de los pesares, hay muchas otras cosas, como la belleza, el amor o el buen vino, por las que vale la pena vivir, por tanto también debería descartarla. Otra solución sería apoyar un movimiento de verdadera regeneración moral del mundo, apostando por la primacía de la moralidad del individuo, una regulación mínima pero relevante y verdaderamente efectiva con estados mucho más ligeros y proactivos basados en una democracia profunda y no castrada como los actuales, y con una dilución del tamaño y de los poderes de las grandes corporaciones apostando por una desconcentración del capital. Sin embargo esa solución se convertiría en una desigual lucha de titanes de movimientos dispersos de ciudadanos ante los dos grandes poderes del momento: el “big corp” y el “big state”. Difícil salir victorioso.

No quiero vivir en un mundo así pero tal vez la única solución viable es la última que me planteo. Tal vez deba dejar de preocuparme y dejarme llevar por la corriente, aceptar de buen grado las nuevas normas que seguirán viniendo comportándome como un buen ciudadano y agradeciendo que el estado siga cuidando de mí, dejar que la maraña de normas me siga atontando mientras dejo que los grandes grupos empresariales me sigan zarandeando como a una marioneta, que utilicen toda la información de que disponen para que gaste hasta la última moneda y pueda así contribuir al crecimiento económico general que acaba redundando en el beneficio de los de siempre sin considerar nada más. 

Y convertirme sin rebelarme en lo que ya prácticamente soy, un objeto al servicio silencioso de esas dos patas de la pinza monstruosa que todo lo engulle y todo lo puede. Tal vez sea lo mejor, tal vez sea más feliz, tal vez deba dejar ya de leer, de tener ese pensamiento crítico que se aleja de las corrientes dominantes, como ya han hecho la inmensa mayoría de mis conciudadanos. 


Probablemente sea lo mejor para mí pero dudo que sea lo mejor para mis hijos, para mis nietos y en general para las generaciones venideras. Pero, ¿qué importa, no? No quiero vivir en un mundo así pero eso ya lo solucionarán otros.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

No hay nada más "de izquierdas" que ser liberal (III: La falsa legitimidad)

Pensemos ahora sobre la capacidad legislativa de los Estados. Estos poseen el monopolio de la creación de leyes y el monopolio de la autoridad e incluso de la violencia para hacer que estas se cumplan para asegurar la protección del ciudadano y la estabilidad de la sociedad. Puesto que hablamos de Estados democráticos, tenemos que estar tranquilos porque la legislación está redactada por los representantes del pueblo y por tanto, siempre estará orientada a conseguir el bienestar del ciudadano.  ¡Falso!

1      Cuando un Estado es pequeño, de un tamaño razonable, se ocupa de cubrir sólo aquello que es difícil que sea cubierto por el sector privado y está regido por un sistema verdaderamente democrático, con elecciones no dominadas por maquinarias de partido, cercanas al ciudadano y muy centradas en el perfil de la persona que se presenta a una elección. Un Estado donde los cargos políticos no se eternizan en su función y observan la misma como un servicio público transitorio y no como un "modus vivendi". En una sociedad con educación elevada y capacidad crítica y con un marketing político regulado y limitado, es muy posible que buena parte de la legislación sea verdaderamente positiva para la ciudadanía y sino es así la propia presión popular y el ciclo democrático forzarán su modificación.
2      Pero si un Estado se convierte un una estructura elefantiásica per se que teóricamente debe legislar buscando el bienestar del ciudadano pero que, debido al paso del tiempo, al engorde paulatino de su cuerpo, al adormecimiento de la sociedad a la que supuestamente presta servicio y, dominada por una casta que legisla mirando siempre de reojo a su propia necesidad de perpetuarse en su sillón, no hay ninguna certeza de que la legislación que produzcan tenga sentido social real y, desde luego, puede haber serias dudas sobre la legitimidad de la misma. Un Estado que hiperregula los aspectos más nimios de la vida humana para "proteger al ciudadano", ¿verdaderamente lo está protegiendo?, ¿o lo está atontando y en el fondo, casi sin darse cuenta él mismo, está tejiendo una maraña normativa que cada vez deja menos espacio a la ciudadanía para moverse y expresarse sin la aquiescencia de ese Estado omnipresente y supuestamente democrático? ¿no estará haciendo al ciudadano más vulnerable y siempre dependiente de su protección, haciendo así imprescindible su presencia, eso sí, técnicamente democrática y justificando su existencia y su continuo crecimiento? ¿Es de izquierdas hacer más vulnerable al ciudadano?
3      Podríamos decir que uno de los objetivos de las regulaciones que emanan de los Estados es el de promover la equidad y vigilar que el poder de los grandes agentes económicos no se acreciente en demasía pero hasta el observador menos dotado se apercibirá de que ocurre justamente lo contrario. Al convertirse el Estado en un actor económico gigantesco pero que necesita de la connivencia de otros agentes económicos para perpetuarse en su función, tiene la humana tendencia a buscar la alianza y el acuerdo con aquellos poderes con más relevancia puesto que ambos se necesitan mutuamente. El Estado necesita de ellos para encontrar su complicidad y colaboración en multitud de aspectos estratégicos de la misma manera que las grandes corporaciones buscan influir en el Estado para que el trato de este hacia los ámbitos de su interés sea más flexible y manejable. El resultado es que tenemos una sociedad donde las regulaciones y las legislaciones son muchas y complejas consiguiendo hacer la vida más difícil al ciudadano de a pie y al pequeño empresario mientras que las grandes corporaciones siguen teniendo un mejor trato y, en cualquier caso, una mayor capacidad de maniobra y de adaptación, dados sus mayores recursos, para adaptarse o buscar formas de sortear la creciente regulación. En las últimas décadas, el creciente peso de los Estados en tanto por ciento del peso de su actividad sobre el PIB ha ido acompañado en todo el mundo de una creciente concentración de la actividad económica en grandes grupos empresariales. ¿Verdaderamente un Estado con mayor peso facilita una mejor distribución de la riqueza? ¿Es de izquierdas abogar por un mayor tamaño del Estado?

La sociedad occidental en general y Europa en particular necesita reinventar su modelo de Estado yendo hacia un modelo que sea verdaderamente de izquierdas porque es profundamente liberal, en el sentido filosófico de la expresión, y con un claro componente humanista. La cuestión no es si hemos de tener una bandera u otra o si debo o no pertenecer a un Estado o a otro. El problema es que los Estados demasiado grandes son una fuente inagotable de creación de conflictos que no existirían si simplemente tuviéramos Estados más democráticos, más pequeños y con más poder en manos de la sociedad civil y del ciudadano.

En próximos posts profundizaremos en ese modelo de liberalismo humanista y en cómo podemos realizar una transición hacia el mismo, tránsito que, sin duda, requeriría de más de una generación para ser completado con cierto éxito.


miércoles, 5 de noviembre de 2014

No hay nada más "de izquierdas" que ser liberal (II: El expolio económico)

Reflexionemos hoy sobre el peso de los Estados en la economía. En la mayor parte de países occidentales, el tamaño del sector público oscila entre un 35% y un 55% del PIB. Ello significa que, de la riqueza que generan las actividades públicas y privadas, los Estados se quedan con esos porcentajes para soportar su mantenimiento y sufragar los principales servicios públicos, para redistribuir recursos de forma que las desigualdades sociales disminuyan, se realicen inversiones públicas para incentivar el progreso y se cubran los programas de protección social. Determinados impuestos son progresivos (Renta) y supuestamente se aplican a los ciudadanos en función a sus ingresos, pero otros no lo son (IVA) y se aplican de manera indistinta sea cuál sea la renta que uno genere o el patrimonio del que disponga.

Por cierto, en un par de ocasiones en los últimos años, se me ocurrió hacer un cálculo aproximado de lo que pagábamos en mi unidad familiar en concepto de todo tipo de impuestos, arbitrios, cargas sociales y tasas. Diligentemente construí una tabla de excel e introduje los datos de impuestos sobre la renta, pagos a la seguridad social, tanto los descontados en nómina como aquellos que son por cuenta de la empresa, añadí los impuestos y tasas municipales así como los impuestos especiales. Añadí también, no sin cierto esfuerzo, una estimación bastante aproximada de los pagos por IVA de todo el consumo que anualmente realizábamos. Finalmente sumé el resultante y lo comparé con los ingresos brutos totales (incluyendo los costes de la seguridad social satisfechos por la empresa como si eso también fuera un ingreso). Les aseguró que todavía no me he recuperado del impacto. 

Pensé que aquello tenía que ver con mi nivel de renta aunque este es de un nivel medio y realicé un par de simulaciones, una para una renta bastante más baja y otra para una renta bastante más alta.  Llegué a la conclusión de que no me había equivocado en mi primer análisis pero a ello le añadí el detalle de que el nivel de progresividad del sistema fiscal que tenemos deja muchísimo que desear en la realidad y de que la progresividad se acaba en las clases medias.

¿Qué es lo que ocurre en la realidad? Que ante tamaño expolio democrático por parte de los Estados, el comportamiento de los ciudadanos se modifica de forma imperceptible pero constante. Recuerden que los sistemas impositivos y, en general, las normas y leyes, tienen la propiedad de modificar conductas. ¿En qué sentido se modifica el comportamiento ciudadano tras décadas de sufrir tamaña sangría casi sin enterarse y, en ocasiones, incluso aplaudiendo la "deriva social" de sus Estados:

1-    Casi sin darse cuenta, la ciudadanía y los agentes económicos en general, empiezan a ser menos proactivos y a fiarlo todo a la acción del Estado cuando se producen situaciones imprevistas. Ello merma la resiliencia y la capacidad de reacción del ciudadano, disminuye su sentido de la responsabilidad ante cierto tipo de situaciones porque para ello vota y para ello paga impuestos. Ello dificulta también la aparición de iniciativas privadas de carácter solidario y de beneficencia que se responsabilicen de cubrir determinadas necesidades sociales puesto que sus pocos y heroicos paladines no siempre lo tienen fácil para conseguir socios y patrocinadores.
2-    Cuando eso ocurre y, a partir de determinado nivel de presión impositiva, la actividad económica y la creación de riqueza en general no son óptimas, bien porque los ciudadanos con más recursos  deciden llevar su actividad económica a lares "más baratos" en términos fiscales bien porque, simplemente deciden reducir su nivel de actividad ya que el conseguir un ingreso adicional de 1 , les proporcionará un incremento real de su renta disponible tan nimio que ya no quieren invertir el esfuerzo necesario. Los incentivos al progreso y al riesgo se reducen y ello no crea oportunidades sino que las disminuye. Subir los impuestos no es necesariamente de izquierdas en una sociedad que ya tiene una carga impositiva demasiado elevado de por sí.
3-    Es verdad que esa disminución de oportunidades podría suplirse por la acción inversora de un Estado que cuenta con suficientes recursos para ello pero nada te asegura que las decisiones de inversión del aparato estatal se realicen con criterios de eficacia y eficiencia económica y social puesto que quienes toman las decisiones difícilmente arriesgan gran cosa más que un dinero que no es de ellos y por tanto, el papel de contrapeso y de creación de oportunidades que permite el aparato estatal, tendrá menos impacto y menos capilaridad que el que proviene de la actividad privada. El hecho de que los representantes del Estado sean elegidos de forma supuestamente democrática no quiere decir necesariamente que el proceso de toma de decisiones que llevan a cabo esos representantes políticos o los empleados públicos esté inefablemente orientado al bienestar del conjunto de los ciudadanos. O, por lo menos, ni más ni menos que podría estarlo una decisión tomada por agentes privados con una adecuada conciencia social.

Creo humildemente que hay otra forma de hacer las cosas que no implique que los Estados priven a los ciudadanos de entre un tercio y la mitad de la riqueza que trabajosamente generan para supuestamente redistribuirla y mantener los servicios públicos. Un Estado social no necesariamente ha de ser un Estado grande sino un Estado musculado, fibroso que detrae pocos impuestos de la riqueza nacional y que regula poco pero de forma sabia y social para asegurar que los ciudadanos tienen a disposición servicios sociales adecuados aunque no sea el propio Estado el que los preste.


En próximos posts seguiremos analizando diversas dimensiones de este fenómeno.

miércoles, 22 de octubre de 2014

No hay nada más "de izquierdas" que ser liberal (I: El secuestro de la ciudadanía)

Estoy seguro de que a muchos de mis amigos y conocidos les molestará este titular pero les aseguro que no es un titular baladí ni un brindis al sol. Es una frase profundamente reflexionada y que se basa en la observación de lo que pasa a nuestro alrededor y en notables evidencias económicas e históricas.

Desde joven me he considerado "de izquierdas" aunque nunca he tenido afinidad clara por partido político alguno. Aunque podría decantarme por una definición académica de lo que significa ser de izquierdas o, expresión que ha pasado a ser sinónimo de esta en los últimos tiempos, "ser progresista", prefiero desgranar aquí mi propia definición que estoy seguro que harán suya muchos de mis lectores.

Ser de izquierdas significa luchar por un mundo mejor, más justo, más democrático y dinámico, con más altos niveles de educación y de progreso humano sostenible, con mayores oportunidades para todos y con más igualdad en el acceso a esas oportunidades. Un mundo en el que el bienestar del ciudadano entendido en el sentido más amplio del término sea el eje de la actuación de todos los actores sociales. Ser de izquierdas significa vivir en un mundo en el que la desigualdad entre sus diferentes estratos sociales sea limitada y en el que la desigualdad que pueda existir esté motivada básicamente por los mayores méritos de unos frente a otros. Un mundo en el que aquellos que tengan problemas serios gocen de una adecuada protección social.

Podría extenderme más pero creo que es suficiente porque la anterior definición ya me provoca una gran desazón cuando comparo las implicaciones de la misma con lo que se interpreta como conductas progresistas o de izquierdas por parte de las formaciones políticas que se consideran como tales y por parte de muchos Estados en diversas partes del mundo, en especial en la vieja y decadente Europa.

La realidad es que, de forma muy especial en las últimas décadas y desde el final de la segunda guerra mundial, los Estados han ido secuestrando poco a poco a la ciudadanía y se han hecho con el monopolio de lo que implica el progreso con algunas diferencias, aunque no excesivamente significativas si lo miramos desde un punto de vista histórico, cuando el aparato del Estado ha estado en manos de partidos autodenominados de izquierda o cuando ha estado en manos de partidos de corte conservador.

En la definición que acabo de darles sobre lo que entiendo por "la izquierda", en ningún momento me he referido al Estado, sino que me he referido a los "actores sociales" como aquellos en los que recae la responsabilidad de que en el centro de la actuación de la sociedad se sitúe el bienestar del ciudadano. El Estado es sólo uno más de los actores sociales y no tiene porqué ser el principal. Sin embargo, la actuación de la mayoría de partidos "de izquierda" sitúa en el centro de su acción el incremento del papel del Estado en la sociedad. ¿Es acaso un Estado grande y fuerte sinónimo de ser "de izquierdas"?

Desde la década de los cincuenta del siglo pasado, con el pretexto de la aplicación de un sistema democrático, que la inmensa mayoría defendemos, en la mayor parte del orbe se está produciendo una elefantiasis colosal en el tamaño de los Estados al adquirir estos el quasi monopolio de esa responsabilidad, que debería ser de la sociedad en su conjunto, para conseguir el bienestar del ciudadano.  El lado oscuro de ese Estado protector y pesado es que acaba aplastando la iniciativa individual y que pude acabar inhibiendo la naturaleza solidaria del ser humano al ser esta delegada por los ciudadanos en los Estados.

Ese secuestro del ciudadano por parte de los Estados es hoy en día uno de los mayores peligros de la humanidad. Se agrava con el hecho de que, al ser la mayoría de estos Estados de corte democrático y estar regidos por los representantes de los ciudadanos elegidos de forma supuestamente libre, tenemos todos una falsa sensación de libertad mientras que el enorme aparato en que se han convertido, o en que hemos dejado que se conviertan, actúa con total impunidad amparado por la supuesta "legitimidad democrática" y por una ingente maraña legal que "nuestros representantes" siguen tejiendo y tejiendo para perpetuar su función y seguir manteniendo un férreo control sobre la ciudadanía con la excusa de que son los depositarios de la voluntad popular y de que tienen el mandato de la protección del ciudadano. Para protegerte te he de controlar y para hacerlo he de legislar. ¿Es ultraproteger al ciudadano una política de izquierdas

Este post es sólo un "calentamiento" filosófico. En próximos posts seguiremos analizando diversas dimensiones de este fenómeno.

lunes, 28 de julio de 2014

Economistas (una lectura para no economistas)

Seguro que muchos de ustedes se desternillarán cuando lean la frase que acuñó un famoso economista, John K. Galbraith y que, debo reconecer que lleva parte de verdad: "La economía es muy útil para dar trabajo a los economistas".

No estoy muy seguro de qué hay de cierto en esa frase. Yo también soy economista aunque me he dedicado prácticamente siempre a la economía de la empresa, lo que es un tanto distinto a dedicarse a la economía general y seguro que no es muy comparable. Pero cuando leo a mis colegas, a los que se dedican a las "cosas serias", a la economía "en mayúsculas" tengo una cierta tendencia a aliarme con la frase de Galbraith.

Recientemente he estado revisando alguna bibliografía del famosísimo Arthur Laffer, el creador de la llamada "curva de Laffer". Las tesis de Laffer se pueden resumir de forma sencilla: un estado puede subir el porcentaje de impuestos pero ello no necesariamente provocará la subida de la recaudación pública. Efectivamente, las subidas impositivas generan mayor recaudación pero, si esas subidas continúan, llegará un momento en que un punto porcentual adicional de subida generará una subida de recaudación en términos absolutos inferior a ese punto, e incluso llegará otro momento en que un punto adicional de subida, generará incluso una disminución de la recaudación.

Cuando uno analiza ese hecho se dice: normal, cualquier subida de impuestos desincentiva la actividad económica y puede haber agentes económicos que decidan disminuir la actividad porque cualquier esfuerzo adicional no les compensa en términos de retorno neto después de impuestos.

Laffer, a quién podemos englobar entre los economistas liberales (ojo, no he hablado para nada de neoliberales) aboga por un sistema impositivo en que el porcentaje de recaudación máximo se fije en términos de optimización de la actividad. Es decir, el porcentaje óptimo de carga fiscal es aquél que permite que la actividad siga creciendo y en qué un punto adicional de carga fiscal genere un punto más en la recaudación. Ello implica en la práctica impuestos limitados.

Pero vayámonos ahora a otro paradigma. He podido leer últimamente "Le Capital au XXIe siècle", la magna obra (tanto por su importancia como por su inmenso volumen en número de páginas) del economista francés Thomas Piketty. Piketty hace un profundo análisis de las desigualdades económicas en los principales países y, dentro de cada país, entre los diferentes estratos sociales, con una perspectiva histórica de más de dos siglos. Vamos que Piketty analiza como eran las desigualdades en el pasado y las compara con las de hoy en día y hace determinadas proyecciones de futuro. Haciendo un resumen muy peligroso porque resumir un libro tan largo y denso en unas líneas es un atrevimiento enorme, Piketty concluye que las desigualdades económicas, que fueron menguando durante buena parte de la segunda mitad del pasado siglo XX, se han vuelto a acelerar y, hoy en día apuntan, de no mediar solución alguna, a volver a situarse en las cifras de finales del siglo XIX o principios del siglo XX. Vamos, que según Piketty vamos para atrás como los cangrejos.

Lo interesante aquí es que, en parte, las soluciones por las que aboga el economista francés pasan, entre otras, por la instauración de un impuesto especial y progresivo sobre el capital, sobre los patrimonios acumulados, de forma que se puedan financiar los desarrollos del estado del bienestar, disminuir la deuda pública y, sobre todo, desincentivar la acumulación excesiva de capital y los comportamientos asociados que esta conlleva.

Al igual que me pasaba con el caso de Laffer, cuando uno analiza este posicionamiento del economista francés, uno piensa: normal, con este tipo de medidas se podría disminuir la deuda pública a niveles razonables y se desincentivarían comportamientos empresariales e inversores excesivamente sesgados, centrados en la obtención exclusiva de beneficio y demasiado arriesgados. Pagarían sobre todo los que tienen mucho más, lo que conllevaría un mejor equilibrio de la riqueza.

Probablemente calificaríamos a Piketty como un economista "de izquierdas". No estoy seguro.  Lo que si sé es que ya he leído alguna declaración de Laffer en la que acusa al francés de no entender de economía. No he tenido oportunidad de leer nada de Piketty respecto a Laffer pero estaré atento por si hubiera alguna declaración explosiva.

La mayoría de mis lectores no son economistas pero estoy seguro de que, más allá de sus afinidades ideológicas personales, se estarán ahora preguntando: ¿y cuál de los dos tiene razón?

Lamento decirles que, bajo mi criterio, y ello no quiere decir que esté en lo cierto, ambos llevan razón. La división de las familias políticas entre el supuesto mundo liberal y del capital y el supuesto mundo de la izquierda o del trabajo, es una división que no favorece en demasía el desarrollo de la humanidad en esta época postmoderna. Laffer no se equivoca cuando dice que impuestos crecientes sobre la renta pueden desincentivar la generación de riqueza y Piketty no se equivoca cuando dice que un mayor impuesto especial sobre el capital desincentivaría la acumulación de riqueza y favorecería menores desigualdades. Y no se equivocan porque están diciendo lo mismo: los impuestos pueden acabar desincentivando determinados comportamientos.

La sociedad necesita una síntesis de lo mejor de los análisis económicos liberales con lo mejor de los análisis económicos de la izquierda pero sin dogmatismos y sin clientelismos en su aplicación. Necesitamos una nueva economía liberal - humanista en que el ser humano y su desarrollo armónico sean el eje sobre el que se sustenta. Para ello tenemos que sintetizar, mezclar e innovar tanto en políticas fiscales como en muchas otras cosas.


En 1789 el Artículo primero de la "Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano" ya rezaba: "Las diferencias sociales no pueden sustentarse más que en el bien común".  Ya han pasado muchos años y no hemos avanzado demasiado.